¿Usuarios o eruditos?

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¿Qué es lo que necesitan aprender mis alumnos y alumnas y cómo lo pueden aprender?
Esa es la pregunta que me hago constantemente para evaluar mi trabajo.
Y creo, sinceramente, que responder a esta pregunta con un "lo que viene en el libro" limita mucho nuestra labor docente. Nos convierte en mera cadena de transmisión de unos conocimientos que otros (que quizá ni siquiera pisen un aula) han seleccionado. El lema punk (transmutado en edupunk) "hazlo tú mismo", que tanto me gusta, tiene el corolario "si no lo haces tú, otro lo hará por ti".
El libro de texto -¿lo he dicho ya?- no es el "temario" de la asignatura. Es la lectura que un equipo de "expertos" (espero que nadie se ofenda por las comillas) hace del Real Decreto de contenidos mínimos. No es una versión "canónica", es simplemente una opción. Algunos dicen que cómoda. A mí me resulta muy difícil de aplicar.
Para mí, el buen profesor no es el que "explica bien", como dicen los alumnos, algo que alguien (los autores del libro) ya "explicaron" previamente. Pienso que el buen profesional de la docencia debe darle vueltas a la pregunta que encabeza este post.
En la asignatura de Lengua (otro día hablaremos de la compartimentación del conocimiento en asignaturas, otro lastre) lo más importante, a mi entender, es enseñar a usar el idioma como herramienta de comunicación. El Marco común europeo de referencia para las lenguas, elaborado por el Consejo de Europa y publicado (y avalado) por el Ministerio de Educación en 2002 apuesta por una enseñanza de las lenguas que considera al aprendiz como usuario de un idioma, como agente social que se enfrenta a tareas comunicativas en distintos ámbitos.
Según este enfoque, por el que yo -sin duda- apuesto, es muy importante diagnosticar previamente cuáles son las necesidades comunicativas de nuestros alumnos. Para qué, cómo y dónde tendrán que demostrar que son competentes en el uso del lenguaje.
Aquí está quizá el nudo gordiano del asunto. Para muchos de mis colegas, las necesidades de su alumnado se reducen a ser capaces de aprobar la Selectividad, y -por ello- no hay tiempo que perder, hay que "explicar" los contenidos gramáticales desde 1º de ESO para que lleguen al Bachillerato con una buena "base" (una de las expresiones que más odio en este negocio; la otra es "nivel"). Y eso que en las PAU las preguntas puramente gramaticales ni siquiera suponen la mayor parte de la  calificación. ¿Qué pasa con el tanto por cien  restante? ¿Quizá se aprende a ser un lector crítico, a expresarse y a argumentar analizando oraciones? ¿O lo tienen que aprender en sus ratos libres?
De nuevo la patita del lobo asoma por debajo de la puerta. La visión de la Educación Secundaria Obligatoria como preparatoria de la universidad, heredera del antiguo BUP, sólo para individuos académicamente brillantes, subyace en nuestras mentes de antiguos estudiantes de nota. Nos sentimos cómodos en ese terreno. Sí, ya sé que las sucesivas leyes y decretos dicen otra cosa, pero esto es curriculum oculto puro y duro.
Según esta visión, más gramaticalista (perdón por el palabro) estaríamos preparando un pequeño ejército de filólogos, eruditos y eruditas, que sabrían analizar y destripar las piezas del idioma, pero siempre en oraciones inconexas, que el docente de turno dictaría. Luis Landero lo explica de maravilla en El gramático a palos, un artículo excelente, y otros lo han cantado con mejor plectro antes que yo, como Felipe Zayas.
Yo prefiero pensar que hay que preparar a nuestro alumnado para hacer frente a las situaciones a las que se enfrentarán. Lo esencial de la Educación Obligatoria es reducir, o hacer desaparecer, las diferencias entre quienes forman nuestra sociedad. A la hora de priorizar unos contenidos sobre otros (que quede claro que considero deseable adquirirlos todos) siempre me hago esta pregunta: ¿la persona que no haya adquirido, al finalizar la Educación Obligatoria, esta habilidad, este conocimiento, se encuentra en desventaja frente al que lo posee? Si la respuesta es afirmativa, ese contenido es, para mí, prioritario.
Por otro lado, el evidente cambio en la distribución del conocimiento al que estamos asistiendo de unos años para acá, también tiene mucho que ver en el "cómo" de la pregunta inicial. ¿Me tengo que limitar a hablar y ellos y ellas a escuchar? Creo que en un mundo en el que el control y monitorización del conocimiento han desaparecido, en el que los ciudadanos ya no son meros consumidores de productos culturales o informativos, el papel del docente debe cambiar. Y no se trata de aplicar nuevas herramientas a viejas necesidades, sino de analizar qué significa hoy en día "saber" o "aprender", y obrar en consecuencia.
En palabras de George Siemens, "Nos encontramos entre dos mundos, con un pie en cada uno de ellos. Uno en los modelos y estructuras originados (y al servicio de) la era industrial; el otro en los procesos emergentes y en las funciones del flujo del conocimiento de la era actual." (Conociendo el Conocimiento. Traducción de Nodos Ele)
Ese cambio debe repercutir en la forma en la que nos planteamos la enseñanza de la Lengua en la Educación Secundaria Obligatoria. Centrarse en la formación de usuarios competentes del idioma, en todo tipo de contextos, y dejar atrás concepciones obsoletas, puede ofrecer, en mi modesta opinión, la respuesta a la pregunta.

Imagen: Patrice Poch

Lo importante

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Imagen: Fanzine Pez

Después de un trimestre intenso, emocionante, llega la hora de hacer balance. Cada vez tiendo más a lo esquelético, a lo esencial. Cada vez me alejo más de lo barroco, del ornamento, de lo accesorio. 
Esta especie de ascesis me lleva a largas meditaciones (aunque parezca que estoy echando la siesta estoy pensando) y a dudar del suelo sobre el que piso
Últimamente he llegado a la conclusión de que la expresión "sistema educativo" es una contradicción de términos. El aprendizaje es algo caótico, difícil de observar, porque el observador (el/la docente) influye en lo observado, prácticamente lo "construye", crea una ficción de aprendizaje que sella con un número en un papel.
Entre todo lo que pasa en un aula por decirlo al estilo de Juan de Mairena creo que no valoramos las cosas importantes. Al menos, intentamos obviarlas. 
Para mí, que V. haya escrito una carta preciosa en su blog, y me lo anuncie con una sonrisa, que M. por fin me mire cuando entro en clase, que L. encuentre un libro que le guste y no levante la vista de sus páginas, son cosas importantes.
Me importa que S., tras destrozar cada día todas las normas de convivencia del Reglamento del centro, explote y llore como un niño que es, porque, según me cuenta, tiene muchos problemas en casa y no sabe lidiar con lo que le viene encima. Le doy mucho valor a una sonrisa por el pasillo, a una mano que se aferra amistosa a mi brazo y me acompaña obstinada. Quizá esos detalles no llaman mucho la atención, ni merecen tuits con miles de retuits, pero a mí me dicen quién soy, cuál es mi labor.
Al final del trimestre he pedido una valoración del trabajo a mi alumnado, y han escrito cosas que me hacen sentirme tremendamente satisfecho, porque creo que la gran mayoría ha captado sin problema qué es lo verdaderamente importante.

Una aventura apócrifa

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Donde se cuenta el sabroso coloquio que pasó entre don Quijote y un mozalbete sobre el estado de la educación en nuestro reino. 


Llegaron por fin el asendereado caballero y su escudero a una amena floresta que a lo lejos habían divisado. Un arroyuelo atravesábala, convirtiendo el suelo en una alfombra verde y viciosa.
Hallaron descansando allí un muchacho de edad hasta de veinte años, vestido a lo rústico, tumbado bajo las ramas suavemente meneadas de un frondoso sauce. El mozo cuidaba de un hato de cabras, no muy numeroso, que retozaba a su alrededor. 
Saludó muy cortés y comedido a don Quijote y a Sancho, mostrando buena crianza en sus palabras y en sus gestos. El amo y el criado quedaron un tanto perplejos al verse tan gentilmente tratados por un zagal ataviado con tales vestidos. Su semblante también desmentía su oficio. La color trigueña de su rostro, rubicundo, no era la propia de un cabrero.
La curiosidad picó a nuestro caballero, que le devolvió las gentilezas y finuras. Acercose a él para poder conversar a su sabor. Estuvieron tratando de lo humano y de lo divino, de donde coligió don Quijote que aquel zagal por fuerza debía ser al menos bachiller, si no licenciado.
-En vuestras palabras se hace evidente que sois un muchacho bien criado y que habéis cultivado vuestro espíritu- dijo el hidalgo manchego.
-Agradezco mucho a vuestra merced tales cumplidos. A fe mía que dediqué largas horas al estudio en mi mocedad. Leí y estudié a los clásicos griegos y latinos, la geometría y el álgebra, pero desgraciadamente no pude recibirme de bachiller.
-Sería, sin duda, por tener que atender a los negocios familiares. Perdonadme la licencia, pero me extraña sobremanera veros guardando un hato de cabras, teniendo tales prendas como las que habéis mostrado.
-Ahí se equivoca vuestra merced -terció Sancho Panza- pues me tiene dicho más de una vez que de linajes rústicos han salido reyes, y que de mi caletre, cuando sea gobernador, pueden salir más sentencias que dijo Catón, aunque no haya estudiado ni sepa siquiera la primera letra del abecé, pues nadie es más que nadie si no hace más que nadie y que muchos creen que hay tocinos y no hay estacas.
Encolerizose el de la triste figura y le reprendió.
-Enfrena tu lengua, villano, y no muestres la basta hilaza de la que estás fecho. Regáñame mi madre y yo trompógelas. Te tengo mil veces dicho que no interrumpas a tu señor, y que no ensartes refranes a troche y moche, pues te llevan a despeñarte desde la altura de tu impertinencia a la sima de tu ignorancia.
-Pues acaba de soltar uno redondo como un queso vuestra merced- replicó el escudero.
Don Quijote hizo ademán de levantar el lanzón, pero Sancho Panza escondiose tras el rucio.
-Disculpad a mi escudero, señor, y contadme, pues, por qué no pudisteis recibiros de bachiller.
-Aconteció que hace unos años -prosiguió el zagal- hubo en el reino gran escasez, seguro que vuestra merced lo recordará, y nuestras autoridades decidieron que la enseñanza habrían de pagarla los pupilos, de tal modo que quedó la escuela vedada a quienes no tuvieran suficientes riquezas para pagarla. Mi familia es humilde, cosa de la que no me avergüenzo, pues es honrada, así que vime de hoz y coz fuera de la escuela sin mi título de bachiller.
-Gran sinrazón ¡voto a tal! -y arrojolo redondo don Quijote.
-No solo eso, sino que mis antiguas camaradas me refirieron que la enseñanza se halla desde entonces en un estado de postración lamentable. En las aulas hay muchos más estudiantes de los que caben, y hay tal barahúnda de gentes, que no se entienden las lecciones. Los maestros, además, están mohínos, pues han perdido gran parte de sus salarios, además de tener que trabajar en peores condiciones.
-Habéis de saber, señor estudiante o cabrero, que es gran desgracia para una república lo que acabáis de contar. Nada hay de más valor para un reino que la educación de sus jóvenes. Así pues, poco bueno aguarda a nuestra patria -sentenció el caballero andante.
Sancho Panza, que estaba reventando de ganas de hablar, pero se contenía por miedo a su señor, no pudo más y al fin dijo:
-Paréceme a mí, mi señor Don Quijote, que todo esto ocurre por vía de encantamiento, como vuestra merced muchas veces me tiene dicho. Ya que no cabe en cabeza de cristiano que sean los propios gobernantes los que quieran arruinar nuestra patria, dejando huérfanos de educación a nuestros zagales.
-A fe de caballero andante que ahora has hablado bien -dijo Don Quijote. Se nota que mi compañía va haciendo efecto en tu magín, amigo Sancho. Aún así, dudo que haya encantadores por medio en esta ocasión.
El mozo, cuando oyó hablar de encantadores, dio por rematado el juicio del amo y del criado, si alguna duda aún le quedaba.
-No hay encantadores, señor caballero. Es todo achaque de privados y banqueros, que entrambos quieren llevarse los dineros del bien común, arruinando a los pobretes.
-¿Y no hay quien salga en defensa de tamaña injusticia?
-Los propios maestros, señor caballero andante, se han agrupado para hacer fuerza y mostrar a las gentes la ruina que nos aguarda si no corregimos esta situación. Júntanse en la capital del reino y protestan pacíficamente. A pesar de ser más que razonable su protesta, los gobernantes acuden a la Santa Hermandad para que los prenda y los maltrate. Además, las autoridades echan la culpa a anteriores gobiernos y a las potencias extranjeras, en especial a los tudescos, que dominan las finanzas europeas. Hacen oídos sordos a muchos arbitristas, que proponen otras soluciones que no pasen por dañar a la educación. En fin, señor hidalgo, que veo el negocio más que rematado.
-No permitiré yo eso, por quien soy. He de ponerme en camino y desfacer este grande entuerto que se hace a nuestra patria. Vamos, Sancho, ensilla a Rocinante y al rucio. Nos ponemos en camino para pelear por la justicia, para eso fui armado caballero andante.
-Tenga cuidado, mi señor, no se vea en otra como la de los molinos y acabemos bataneados, molidos y aporreados -respondió el escudero.
-Eres de natural miedoso, Sancho, como todos los de tu estado. Pero no temas, no hay aquí quimeras ni gigantes. Aunque duros de corazón, son humanos como tú y como yo quienes han causado este desaguisado. No ha de ser tan desigual la batalla.
Con estos y otros razonamientos fueron alejándose el caballero y su escudero, tras haberse despedido del muchacho, que quedóse maravillado de la valentía de Don Quijote, cuerdo y loco a ratos, pero siempre presto a defender a los menesterosos.
Cuenta Cide Hamete Benengelí, grande historiador arábigo y autor de esta verdadera historia, que don Quijote y Sancho se dirigieron a la corte y allí se les vio en la Puerta del Sol, tomando partido por los agraviados ciudadanos de esta república. 

Un diálogo

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Hace unos días, a la hora del ocaso, me encontré con Asclepia, hija de Gorgias. Bajaba las cuestas del barrio alto con aspecto mohíno, cargada con una gran mochila que le agobiaba las espaldas.
Después de los saludos de rigor y de interesarme por la salud de su familia, le pregunté:
-¿A qué se debe el aspecto triste de tu rostro, querida Asclepia?
-Vengo de la escuela, oh Sócrates, y ¡por Zeus! no imagino un lugar más triste.
-¿Cómo puede ser tal cosa, jovencita? ¿No es acaso la escuela el lugar en el que se adquieren conocimientos, donde van los jóvenes a aprender? -la interrogué.
-Cierto, venerable Sócrates.
-¿Y no es, por ventura, el aprendizaje una actividad placentera, especialmente para los más pequeños? -continué.
-Eso creo -me respondió un tanto confusa.
-Entonces ¿cómo puede causarte tanto enojo?
-Creo, apreciado maestro, que quizá deberíamos comenzar por establecer la diferencia entre enseñanza y aprendizaje, porque no estoy segura de que de una actividad se siga necesariamente la otra.
-Continúa- dije.
-Me parece que la mayoría de los enseñantes sólo se preocupa de transmitir  conceptos, de "explicar", como se dice en la jerga escolar, y cree que simplemente prestando atención adquiriremos el conocimiento, es decir, aprenderemos. De tal modo que el aprendizaje se produciría por simple exposición al conocimiento, lo que ellos denominan "enseñanza". El resultado, sin embargo, es que la mayor parte de los alumnos deja de escuchar después de los primeros minutos y muy pocos permanecen atentos hasta el final de la lección, con lo cual no aprenden, o al menos no aprenden lo que pretenden los docentes -explicó la muchacha.
-¿Qué hacen los profesores, pues, ante esa situación?
-Eso es lo que más me sorprende ¡oh Sócrates! Algunos permanecen impasibles, otros gritan como hacen las bacantes en pleno delirio; la mayoría reclaman silencio y atención todo el rato, pero son muy pocos los que optan por desechar las estrategias que no funcionan y probar otras.
-¿Cómo crees tú, querida Asclepia, si me permites la pregunta, que deberían actuar aquellos a quienes nuestra comunidad ha encargado vuestra formación para propiciar el aprendizaje?
-Creo que mi ignorancia no me permite responder- dijo bajando los ojos.
-Está bien, pequeña. Te formularé la pregunta de otro modo, ¿qué es lo que más te descorazona del trabajo que desarrollas en la escuela?
-Eso es más sencillo de contestar, por Zeus. Imagina, oh maestro, que te explicaran las reglas de un juego y, a continuación, en lugar de practicar ese juego y desarrollar así la pericia en esa actividad, te pidiesen que escribieras en un papel las reglas de ese juego que hubieran quedado en tu memoria. Cuando quisieras jugar, no sabrías, puesto que no lo habrías practicado jamás. Creo que así se trabaja en la escuela, y eso me resulta absurdo.
-Puedo suponer, entonces, que te resultaría más estimulante "jugar el juego", siguiendo con tu comparación. Es decir, desarrollar vuestra pericia aplicando los conocimientos en actividades no tan alejadas de la realidad como "hacer exámenes". ¿Me equivoco?
-No, Sócrates. No te equivocas. 
-Por Zeus ¿Por qué, si está tan clara la solución, no se la comunicáis a vuestros formadores?
-Oh, querido Sócrates, bien veo que no sabes qué tipo de relación une a los docentes con sus pupilos -contestó apenada.
-Explícamela, si eres tan amable.
-La mayoría de estas personas están convencidas de que no es bueno tener relación con sus pupilos, que esa relación debe ser meramente coyuntural porque, de otro modo, influiría negativamente en su labor docente. Si acaso, suelen preferir infundir miedo a sus alumnos, labrarse fama de duros e implacables.
-¿Confunden, entonces, el respeto con el temor?
-Probablemente, maestro.
-¿Y no crees, oh Asclepia, que es mucho más sencillo ser escuchado cuando tu auditorio te aprecia, se siente unido a ti y te considera una persona dispuesta, a su vez, a escuchar y a ayudar?
-Estoy convencida.
Noté que la muchacha se inquietaba y le pregunté si se encontraba mal.
-No, venerable maestro. Es que, además de las horas que dedicamos al trabajo en la escuela, nos encargan tareas para realizar en nuestros hogares. Esas tareas, que llaman "deberes" son largas y tediosas, pues se limitan a hacernos repetir mecánicamente lo mismo que se ha hecho en el aula. Así que, si me disculpas, debo seguir el camino, pues aún me quedan unas horas de trabajo para terminar mi jornada.
-No quisiera retrasarte, querida niña. Sin embargo, me gustaría continuar este coloquio en otra ocasión, pues se me quedan varias preguntas en el zurrón. Prométeme, pues, que continuaremos tan sabroso diálogo la próxima vez que nos encontremos.
-Así será, amado Sócrates. 
Siguió la muchacha su derrota y yo quedéme pensativo y un tanto desolado mientras la oscuridad me envolvía.

10 habilidades que necesita un docente

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10 habilidades

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