martes, 31 de julio de 2012

Un diálogo


Hace unos días, a la hora del ocaso, me encontré con Asclepia, hija de Gorgias. Bajaba las cuestas del barrio alto con aspecto mohíno, cargada con una gran mochila que le agobiaba las espaldas.
Después de los saludos de rigor y de interesarme por la salud de su familia, le pregunté:
-¿A qué se debe el aspecto triste de tu rostro, querida Asclepia?
-Vengo de la escuela, oh Sócrates, y ¡por Zeus! no imagino un lugar más triste.
-¿Cómo puede ser tal cosa, jovencita? ¿No es acaso la escuela el lugar en el que se adquieren conocimientos, donde van los jóvenes a aprender? -la interrogué.
-Cierto, venerable Sócrates.
-¿Y no es, por ventura, el aprendizaje una actividad placentera, especialmente para los más pequeños? -continué.
-Eso creo -me respondió un tanto confusa.
-Entonces ¿cómo puede causarte tanto enojo?
-Creo, apreciado maestro, que quizá deberíamos comenzar por establecer la diferencia entre enseñanza y aprendizaje, porque no estoy segura de que de una actividad se siga necesariamente la otra.
-Continúa- dije.
-Me parece que la mayoría de los enseñantes sólo se preocupa de transmitir  conceptos, de "explicar", como se dice en la jerga escolar, y cree que simplemente prestando atención adquiriremos el conocimiento, es decir, aprenderemos. De tal modo que el aprendizaje se produciría por simple exposición al conocimiento, lo que ellos denominan "enseñanza". El resultado, sin embargo, es que la mayor parte de los alumnos deja de escuchar después de los primeros minutos y muy pocos permanecen atentos hasta el final de la lección, con lo cual no aprenden, o al menos no aprenden lo que pretenden los docentes -explicó la muchacha.
-¿Qué hacen los profesores, pues, ante esa situación?
-Eso es lo que más me sorprende ¡oh Sócrates! Algunos permanecen impasibles, otros gritan como hacen las bacantes en pleno delirio; la mayoría reclaman silencio y atención todo el rato, pero son muy pocos los que optan por desechar las estrategias que no funcionan y probar otras.
-¿Cómo crees tú, querida Asclepia, si me permites la pregunta, que deberían actuar aquellos a quienes nuestra comunidad ha encargado vuestra formación para propiciar el aprendizaje?
-Creo que mi ignorancia no me permite responder- dijo bajando los ojos.
-Está bien, pequeña. Te formularé la pregunta de otro modo, ¿qué es lo que más te descorazona del trabajo que desarrollas en la escuela?
-Eso es más sencillo de contestar, por Zeus. Imagina, oh maestro, que te explicaran las reglas de un juego y, a continuación, en lugar de practicar ese juego y desarrollar así la pericia en esa actividad, te pidiesen que escribieras en un papel las reglas de ese juego que hubieran quedado en tu memoria. Cuando quisieras jugar, no sabrías, puesto que no lo habrías practicado jamás. Creo que así se trabaja en la escuela, y eso me resulta absurdo.
-Puedo suponer, entonces, que te resultaría más estimulante "jugar el juego", siguiendo con tu comparación. Es decir, desarrollar vuestra pericia aplicando los conocimientos en actividades no tan alejadas de la realidad como "hacer exámenes". ¿Me equivoco?
-No, Sócrates. No te equivocas. 
-Por Zeus ¿Por qué, si está tan clara la solución, no se la comunicáis a vuestros formadores?
-Oh, querido Sócrates, bien veo que no sabes qué tipo de relación une a los docentes con sus pupilos -contestó apenada.
-Explícamela, si eres tan amable.
-La mayoría de estas personas están convencidas de que no es bueno tener relación con sus pupilos, que esa relación debe ser meramente coyuntural porque, de otro modo, influiría negativamente en su labor docente. Si acaso, suelen preferir infundir miedo a sus alumnos, labrarse fama de duros e implacables.
-¿Confunden, entonces, el respeto con el temor?
-Probablemente, maestro.
-¿Y no crees, oh Asclepia, que es mucho más sencillo ser escuchado cuando tu auditorio te aprecia, se siente unido a ti y te considera una persona dispuesta, a su vez, a escuchar y a ayudar?
-Estoy convencida.
Noté que la muchacha se inquietaba y le pregunté si se encontraba mal.
-No, venerable maestro. Es que, además de las horas que dedicamos al trabajo en la escuela, nos encargan tareas para realizar en nuestros hogares. Esas tareas, que llaman "deberes" son largas y tediosas, pues se limitan a hacernos repetir mecánicamente lo mismo que se ha hecho en el aula. Así que, si me disculpas, debo seguir el camino, pues aún me quedan unas horas de trabajo para terminar mi jornada.
-No quisiera retrasarte, querida niña. Sin embargo, me gustaría continuar este coloquio en otra ocasión, pues se me quedan varias preguntas en el zurrón. Prométeme, pues, que continuaremos tan sabroso diálogo la próxima vez que nos encontremos.
-Así será, amado Sócrates. 
Siguió la muchacha su derrota y yo quedéme pensativo y un tanto desolado mientras la oscuridad me envolvía.

8 comentarios:

  1. Muchas gracias. Hacía tiempo que no leía algo tan didáctico.
    Lo compartiré con tu permiso.

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  2. Muy bueno, espero que no se me olvide a la hora de realizar mi trabajo

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  3. Gracias a todos los que habéis comentado. Por supuesto que se puede compartir.

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  4. ¡¡¡Es buenísimo...!!! Felicidades :-)

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