En mi clase se habla

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Los cambios no suceden cuando la sociedad adopta nuevas herramientas tecnológicas, sino cuando las personas cambian su concepción de las relaciones y eso les lleva a comportarse de manera diferente.
Si esos cambios, además, son radicales, revolucionarios, (como el que vivimos en relación al acceso, producción y consumo del conocimiento) no se producen de forma paulatina y ordenada. Es decir, no hay un viaje por etapas desde A hasta B, sino que el abandono de una concepción (A), de forma masiva, produce un estado de incertidumbre, de malestar, que no se resuelve hasta que se alcanza un nuevo consenso (B). Algunos se aferran a A porque piensan que es la misma esencia de lo que defienden, sin darse cuenta de que cualquier actividad social está sujeta a cambios, que no hay una esencia, ni una forma perenne. La forma B, cuando se establezca, será considerada tan canónica como lo fue A.
En la Escuela (hablo de la institución educativa) el modelo hasta ahora mayoritario ha entrado en crisis. Esto es algo evidente para todos los actores que intervienen, sea cual sea su ideología, nivel social o cultural. Otra cosa es que se admita o no, o se reconozca solo veladamente.
Tanto las voces que claman por otra vuelta de tuerca, una huida sin fin (mano dura, reválidas, etc.) cuanto quienes piensan en un aggiornamento (mantener la misma estructura de relaciones pero introducir mejoras, nuevas tecnologías, etc.) son conscientes de que la criatura ha cambiado tanto que el traje ya no le sirve, las costuras se rompen por todas partes.
Se pueden buscar culpables (de hecho se hace, piensen si no en la sostenida campaña de agitprop contra los docentes) de todos los colores y sabores. Los enseñantes culpan a la administración o a las familias (o a ambos), las familias y la administración a los profes...y ya no sabemos quien es el gato, el rato ni el bellaco.
Lo que está en juego, por eso se genera tanta ansiedad, es el modelo mismo sobre el que descansa la Escuela. Ese modelo sostiene que hay una figura, el docente, que posee el conocimiento y que lo transmite por exposición a quienes se someten a las condiciones necesarias para recibirlo. Entre esas condiciones destacan el silencio, la quietud, la uniformidad, la aceptación...Todos somos conscientes del anacronismo que supone una clase con niños y niñas sentados en fila de uno, guardando silencio durante horas y recibiendo "explicaciones" que tienen que copiar en un papel y almacenar en su memoria para luego repetir en otro papel. Un obstáculo para cambiar es la incertidumbre (¿entonces qué hago?), otro la inercia (toda la vida se ha hecho así).
Desde mi modesta posición de profesor de un instituto pequeño en un pequeño pueblo voy abandonando las inercias y encarando las incertidumbres poco a poco. No porque me resulte más cómodo. Es, simple y llanamente, porque creo que es lo mejor que puedo dar a esos chicos y chicas cuyas miradas sostengo a diario. Porque es lo que me gustaría que me dieran si estuviera sentado en su lugar.
No se puede enseñar a comunicarse estando en silencio constante. 
Son cosas que no están acostumbrados a hacer. Tienen que aprender a dialogar sin gritar, a defender sus ideas sin menospreciar las de los demás. Es cierto que a veces se genera mucho ruido dentro de un aula (hay 30 adolescentes en cada una) pero no tendrán otra oportunidad mejor que esta para aprender esas habilidades.
Si tenemos que preparar un guión de radio o planear la estrategia publicitaria de nuestra empresa, ¿cómo vamos a hacerlo sin hablar?
Claro que es más cómodo obligarlos al silencio, al trabajo individual, pero creo que no hay que buscar lo más fácil, sino lo mejor.
Yo prefiero apostar por lo que me dice la evidencia. Para aprender a comunicarnos tenemos que probar, ensayar. Por eso en mi clase se habla.

The future’s ours, yes it is
We can feel it in our bones




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