La ronda de Sancho Panza

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Cuando Sancho Panza, aderezado de ronda, la daba en su fingida ínsula, se encontró —según cuenta Cide Hamete Benengeli, arábigo y verdadero historiador —con un mozalbete que quiso huir de la justicia corriendo como un gamo.
Los corchetes lo apresaron y lo condujeron frente al fingido gobernador.
-¿Por qué huías, hombre? -preguntó Sancho.
A lo que el mozo contestó que por evitar responder a las muchas preguntas que suele hacer la justicia.
Siguió la conversación en este mismo tono hasta que Sancho, cansado de las impertinencias del muchacho mandó llevarle a dormir a la cárcel.
—¡Par Dios —dijo el mozo—, así me haga vuestra merced dormir en la cárcel como hacerme rey!
El antiguo escudero no daba crédito a tamaña desfachatez.
 —Dime, demonio —dijo Sancho—, ¿tienes algún ángel que te saque y que te quite los grillos que te pienso mandar echar?
 —Ahora, señor gobernador —respondió el mozo con muy buen donaire—, estemos a razón y vengamos al punto. Prosuponga vuestra merced que me manda llevar a la cárcel y que en ella me echan grillos y cadenas y que me meten en un calabozo, y se le ponen al alcaide graves penas si me deja salir, y que él lo cumple como se le manda. Con todo esto, si yo no quiero dormir, y estarme despierto toda la noche sin pegar pestaña, ¿será vuestra merced bastante con todo su poder para hacerme dormir, si yo no quiero?
Ante tal respuesta, el gobernador de la ínsula Barataria tuvo que volver grupas y dejar marchar al zagal.
La evidente moraleja de este cuento (sin duda de origen folclórico) es que hay cuestiones que dependen de la voluntad del sujeto y a las que nadie le puede forzar. El aprendizaje es una de ellas. Los docentes tendemos a pensar que el aprendizaje ocurre como reflejo de la enseñanza y lo cierto es que de ésta no tiene por que seguirse aquél.
La voluntad del individuo es la clave
Si alguien se niega a aprender, no hay manera de obligarle. Cuántas negativas, tácitas o expresas, al aprendizaje vemos diariamente en la Secundaria Obligatoria... Nos preocupamos muchas veces de nuestra praxis, de nuestra forma de enseñar, sin reparar en que es el deseo de aprender lo que tenemos que despertar.
Si no, acabaremos como el buen Sancho, dejando marchar al pícaro mancebo para que vaya "a tomar el aire donde sopla".

Imagen: Urbanizarte
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