Realismo visceral

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He sido cordialmente invitado a formar parte del realismo visceral. Por supuesto, he aceptado. No hubo ceremonia de iniciación. Mejor así. 

No sé muy bien en qué consiste el realismo visceral.
Roberto Bolaño, Los detectives salvajes


A veces, cuando me veo ante un grave problema de convivencia en el instituto, intento reducirlo a una frase, como si fuera el tema de un texto. Después analizo la frase sintácticamente y la clasifico según la intención del hablante y según la naturaleza del predicado.
Sin embargo, no consigo influir en la realidad con estos procedimientos. No consigo arreglar el problema.
Tampoco consigo convencer a mis alumnos de que si usan correctamente los complementos verbales todo irá bien. Claro que, para intentar ayudarles, les pido un análisis morfológico de unas cuantas frases muy bien construidas.
Lo más chocante es que hay algunos que, a pesar de suspender mis exámenes y no saber distinguir una pasiva refleja de una impersonal, están siempre contentos y no sufren por esta carencia. Además, se desenvuelven muy bien en su vida.
El otro día intenté convencer a una alumna de que el problema económico mundial se basa en malentendidos semánticos. Imbuirse de las teorías generativistas lo arreglaría todo, sin duda. Ella me habló de valores, de compromiso, pero obviamente se equivoca, porque eso no está en el temario, no viene en el libro.
Aplico en mi vida todo lo que aprendí en la escuela,  pero no funciona. No dejo de repasar los contenidos y de hacer ejercicios. Podría aprobar cualquier examen, sin embargo no consigo lo que quiero. No lo entiendo.
A veces me pregunto si no me deberían haber enseñado otras cosas.
Me siento como el poeta García Madero, que aceptó unirse al real visceralismo sin saber en qué consistía.

Creo que yo tampoco sé muy bien qué significa ser docente.



¡Ojo con el ABP!

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-¿Es un pájaro?, ¿es un avión?
-No, es ABP (aprendizaje basado en proyectos).
-¿Seguro?

Cinco claves, #5, para saber si lo que tenemos entre manos es realmente Aprendizaje Basado en Proyectos (ABP, o PBL).



No es fácil

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Afirma Manuel Castells, en Communication Power, que el poder se ejerce "mediante la coacción (o la posibilidad de ejercerla) y/o mediante la construcción de significado partiendo de los discursos que guían el comportamiento de los actores sociales". 
En la medida en la que los ciudadanos asuman como propios los discursos que propone quien ejerce el poder, la necesidad de recurrir a la coacción disminuye. Sobre la misma cuestión reflexionó antes Michel Foucault en Surveiller et punir. Conseguir que los actores sociales asuman como "real" el discurso que emana del poder, que piensen que "las cosas son así", es la forma suprema de dominación que, además, tiene la ventaja de que el individuo dominado no se da cuenta de que está siendo sometido. El discurso del poder se convierte en su forma de pensar y, por consiguiente, de actuar.
En la Escuela (una vez más en su sentido lato) la coacción y la producción de discursos también conviven. 
En esa construcción de significados se atribuye al docente un papel asumido por todos. Explicar, dictar, examinar, corregir, mantener la disciplina, poner notas, mostrar autoridad, son las acciones que la comunidad espera del docente.
Cualquier transformación de este discurso compartido puede hacer que tiemble el suelo debajo de los pies de algunas personas. Cuando el profesor o profesora afirma que no va a explicar sino a proponer preguntas para investigar, que no posee un conocimiento exhaustivo sobre un tema sino que va a ir aprendiendo junto con los alumnos, que no va a usar el libro de texto, que no va a hacer exámenes, que espera compromiso a la hora de fomentar la convivencia, que le interesa tanto el proceso como el resultado, etc, etc, puede encontrar resistencias.
Cuando se proponen cambios metodológicos que menean los cimientos del sistema, la mayoría de los alumnos responden positivamente, pues no han perdido la curiosidad, las ganas de aprender y de disfrutar en ese proceso. Sin embargo hay quienes no lo aceptan, critican que el profesor no ejerza como tal, que no se amolde al papel que le asignaron. Hay que contar con cierta resistencia entre el alumnado y sus familias. No pensemos que todos abrirán los brazos arrebolados de gozo porque han visto la luz. Algunos reaccionarán con apatía, otros con cautela y unos pocos con franco rechazo. Si además el profe o profa se enfrenta a un alumnado a punto de pasar las pruebas de acceso a la universidad...puede cundir el pánico.
Optar por metodologías innovadoras es casi una obligación hoy día para quien se dedique a la enseñanza y no quiera desconectarse de la realidad. Además, es muy gratificante cuando se ven los resultados, pero supone romper moldes y, que nadie se engañe, como decían Eskorbuto, no es fácil

¿Se puede enseñar lo que no se conoce?

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Llega un tiempo en que es preciso abandonar las ropas usadas, que ya tienen la forma de nuestro cuerpo, y olvidar nuestros caminos, que nos llevan siempre a los mismos lugares.
Fernando Pessoa

En 1492 (casi medio siglo después de que se inventara la imprenta) Johannes Trithemius, abad de Sponheim, escribió De Laude Scriptorum, una defensa del trabajo de los escribas, muy superior —según él— al de los impresores. Lo curioso es que dio su libro a la imprenta para distribuirlo en copias impresas y no a los amanuenses para que lo trasladaran a mano.
Lo que afligía al abad no era el cambio tecnológico que estaba presenciando sino el vuelco en las relaciones de poder que podría suponer un acceso mayoritario al conocimiento, a la información. Se trataba de un cambio disruptivo, un corte brusco en la manera habitual hasta entonces de relacionarse con el conocimiento. Por eso no duda en usar las "armas" del enemigo para difundir su mensaje, porque no teme a las herramientas, a la tecnología. Teme a la nueva cultura que viene de su mano y que va  a barrer un orden caduco, envejecido de golpe.  
El establishment de la época se preocupó enseguida de hacerse con el control de la imprenta, una tecnología potencialmente disruptiva.

Vivimos mutatis mutandis― una situación similar

La web 2.0 supone un cambio enorme en nuestra manera de acceder a la información, como consumidores y productores, y conlleva la aparición de visibles arrugas y otros signos de vejez en la enseñanza tal como se conocía hasta finales del siglo XX.
¿Disrupción? Evidentemente. ¿Miedo? Mucho. Incluso hay quienes, como el abad de Sponheim, utilizan las nuevas tecnologías para demonizarlas, y lo hacen porque saben que es la manera de comunicarse predominante en nuestra cultura. No temen a las TIC. Temen a la incertidumbre y a la revolución.
Hay instituciones educativas que se han lanzado a "controlar" las nuevas vías de comunicación, ofreciendo un pálido sucedáneo (los LMS) y creando así una sensación de modernidad, de aggiornamento. Así, todos contentos (familias, alumnado, docentes) pensando que hemos entrado en una nueva era del conocimiento cuando en realidad sólo estamos intentando domesticar el caos, la disrupción, que plantea un fenómeno como la web 2.0.
El verdadero reto que se plantea a las instituciones educativas es enseñar al alumnado a desenvolverse en una cultura digital, que no es ―evidentemente― lo mismo que mantener un orden caduco pero tecnologizado.

El problema, claro, es ¿se puede enseñar lo que no se conoce?

Lecturas recomendadas:


10 mitos sobre la educación

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La Academia de Lagado

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En uno de sus numerosos viajes, Lemuel Gulliver visitó la ciudad de Lagado, una de las principales de Balnibarbi.
Allí le informaron de que algunos notables de la ciudad habían viajado —hacía tiempo— a la isla de Laputa para resolver negocios o simplemente por diversión y que, después de cinco meses de permanencia, habían vuelto con un conocimiento muy superficial de matemáticas, pero con la cabeza llena de volátiles visiones adquiridas en aquella aérea región. Imbuidos de sus deseos de reformar las ciencias y las artes, solicitaron una patente real para erigir una Academia.
Juntáronse en esta Academia de Lagado todo tipo de especuladores y arbitristas. Esta institución se convirtió en un lugar tan famoso que ningún viajero abandonaba la ciudad sin visitarla.
Cuando Gulliver, guiado por su fama, cruzó sus puertas, le recibió el conserje con mucha amabilidad y le instó a permanecer en la Academia durante el tiempo que quisiera.
En cada estancia había uno o más arbitristas, y el viajero calculó las habitaciones en quinientas.
Entre los mucho visionarios con los que conversó, encontró a un hombre que "llevaba ocho años estudiando un proyecto para extraer rayos de sol de los pepinos, que debían ser metidos en redomas herméticamente cerradas y selladas, para sacarlos a caldear el aire en veranos crudos e inclementes." Halló otro que trabajaba en reducir hielo a pólvora por la calcinación y había escrito un tratado al respecto.
Estaba también un ingeniosísimo arquitecto que había discurrido un nuevo método de edificar casas empezando por el tejado y trabajando en sentido descendente hasta los cimientos, lo que justificaba con la práctica semejante de dos tan prudentes insectos como la abeja y la araña.
Otros muchos proyectos igual de descabellados relata el viajero (arar la tierra con puercos, utilizar arañas para obtener tejidos naturales, sembrar en la arena o aprender la Filosofía por ósmosis), pero ninguno le llamó tanto la atención como el último que presenció. Le pareció tan absurdo que incluso ha llegado a sugerir que quizá se trató de un sueño.
En la habitación más recóndita de esta Academia halló a un profesor que se afanaba frente a un grupo de docentes. Preguntóle el bueno de Gulliver qué pretendía.
Verá vuesa mercedrespondió el hombre pacientementepretendo convencer a mis compañeros de la necesidad de adoptar cambios metodológicos para que nuestros pupilos logren un aprendizaje auténtico, de la conveniencia de abandonar las clases expositivas, los libros de texto con actividades mecánicas y los exámenes memorísticos, ya que su ineficacia está más que probada.
Quedóse meditabundo y algo mohíno el viajero. Salió al fin cabizbajo, pensando que lo que pretendía este último inquilino de la Academia era acaso lo más descabellado de todo lo que había escuchado en aquel lugar.


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