La Academia de Lagado

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En uno de sus numerosos viajes, Lemuel Gulliver visitó la ciudad de Lagado, una de las principales de Balnibarbi.
Allí le informaron de que algunos notables de la ciudad habían viajado —hacía tiempo— a la isla de Laputa para resolver negocios o simplemente por diversión y que, después de cinco meses de permanencia, habían vuelto con un conocimiento muy superficial de matemáticas, pero con la cabeza llena de volátiles visiones adquiridas en aquella aérea región. Imbuidos de sus deseos de reformar las ciencias y las artes, solicitaron una patente real para erigir una Academia.
Juntáronse en esta Academia de Lagado todo tipo de especuladores y arbitristas. Esta institución se convirtió en un lugar tan famoso que ningún viajero abandonaba la ciudad sin visitarla.
Cuando Gulliver, guiado por su fama, cruzó sus puertas, le recibió el conserje con mucha amabilidad y le instó a permanecer en la Academia durante el tiempo que quisiera.
En cada estancia había uno o más arbitristas, y el viajero calculó las habitaciones en quinientas.
Entre los mucho visionarios con los que conversó, encontró a un hombre que "llevaba ocho años estudiando un proyecto para extraer rayos de sol de los pepinos, que debían ser metidos en redomas herméticamente cerradas y selladas, para sacarlos a caldear el aire en veranos crudos e inclementes." Halló otro que trabajaba en reducir hielo a pólvora por la calcinación y había escrito un tratado al respecto.
Estaba también un ingeniosísimo arquitecto que había discurrido un nuevo método de edificar casas empezando por el tejado y trabajando en sentido descendente hasta los cimientos, lo que justificaba con la práctica semejante de dos tan prudentes insectos como la abeja y la araña.
Otros muchos proyectos igual de descabellados relata el viajero (arar la tierra con puercos, utilizar arañas para obtener tejidos naturales, sembrar en la arena o aprender la Filosofía por ósmosis), pero ninguno le llamó tanto la atención como el último que presenció. Le pareció tan absurdo que incluso ha llegado a sugerir que quizá se trató de un sueño.
En la habitación más recóndita de esta Academia halló a un profesor que se afanaba frente a un grupo de docentes. Preguntóle el bueno de Gulliver qué pretendía.
Verá vuesa mercedrespondió el hombre pacientementepretendo convencer a mis compañeros de la necesidad de adoptar cambios metodológicos para que nuestros pupilos logren un aprendizaje auténtico, de la conveniencia de abandonar las clases expositivas, los libros de texto con actividades mecánicas y los exámenes memorísticos, ya que su ineficacia está más que probada.
Quedóse meditabundo y algo mohíno el viajero. Salió al fin cabizbajo, pensando que lo que pretendía este último inquilino de la Academia era acaso lo más descabellado de todo lo que había escuchado en aquel lugar.


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