Nada de esto importa...si no les importa

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"Mi abuela quiso que yo tuviera una buena educación, por eso no me mandó a la escuela".
(Margaret Mead) Inicio de “La escuela ha muerto” de Everett Reimer.

¿De qué sirve la pedagogía, o la metodología, a un estudiante que no tiene interés por aprender?
La primera verdad, el primer principio, el axioma de la práctica educativa debería ser: 
  • interesar al alumnado (formúlese como se quiera: comprometer, apasionar, atraer...)
Cualquiera que frecuente las aulas (es decir, un experto de verdad) sabe que, grosso modo, se puede dividir el alumnado en dos: el que está interesado y el que no lo está.
Podemos discutir los motivos de ese interés, pero está claro que sin motivación no hay nada. La pedagogía empieza después del interés.
La mayoría del alumnado interesado, no nos engañemos, desea aprobar, no aprender. La culpa no es suya. El sistema está diseñado para medir, pesar, repetir, demostrar, no para apasionar, hacer disfrutar del conocimiento, ni nada parecido. Para cuando llegan al Bachillerato, las chicas y chicos que se dejaban llevar por la curiosidad no hacía tanto, lo tienen clarísimo: lo que importa es la nota.
La amenaza juega también un papel importante para mantener el interés. La nota (la calificación) como arma. El problema es que basar el interés en la amenza (suspenderás, te castigaré...) requiere sostenerla constantemente, con el desgaste que eso implica.
Si hacemos arqueología del saber, al estilo de Foucault, llegamos a un sistema de pensar y contemplar la educación que nace a finales del siglo XIX, con el auge de los estados-nación y la producción industrial. Este sistema pretende que la Escuela enseñe habilidades precisas para ocupar lugares precisos en una sociedad. En la Elementary Education Act, de 1870, promulgada en el Reino Unido, se contemplan estándares del tipo "Writing: Copy in manuscript character a line of print, and write from dictation a few common words." Nada de enseñar a pensar, opinar o valorar. Y, por supuesto, todo basado en el libro de texto. [El pedagogo suizo Pestalozzi pensaba, a principios del XIX, que el docente no debía ser más que una herramienta del método (el libro), y que la prueba de que un libro era bueno era que incluso un mal docente podría usarlo con éxito.]
Ese tipo de curriculum como una serie de indicaciones que el estudiante debe seguir tiene, obviamente, muy poco que ver con lo que la sociedad demanda de la Escuela hoy día.
El curriculum, en el siglo XXI, debería verse más bien como una conversación, un discurso en varias direcciones.
Es muy difícil despertar el interés y el compromiso de estudiantes de un mundo postdigital con argumentos del siglo XIX.
Este divorcio entre la realidad y el deseo hace que sea casi imprescindible llevar al instituto un paquete de pañuelos de papel en el bolsillo. Se generan muchas frustraciones cuando chocan dos mundos, dos visiones de la realidad.
Parece una verdad de Pero Grullo aquella que relaciona el aprendizaje con la escuela. Sin embargo, leyendo La sociedad desescolarizada, o escuchando We don't need no education, no queda tan claro.
Lo que sí está claro es que nada de lo que hagamos importa si no conseguimos que al alumnado le importe. 



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