¿Se puede perder lo que no se tiene?

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Una de las escuelas del budismo zen utiliza las preguntas por sorpresa, descontextualizadas, para romper las inercias lógico-discursivas y poner en un aprieto al interrogado, que así se puede dar cuenta de que hay cosas que, al contrario de lo que pensaba, no conoce muy bien.
En el trabajo de docente, este tipo de iluminaciones, de momentos de ruptura, ocurren de vez en cuando. Cualquiera que frecuente las aulas sabrá de qué estoy hablando.
La semana pasada, una alumna me obsequió con uno de estos regalos. 
Era viernes, casi al final de la mañana. De pronto una mano al final del aula se alza:
—Maestro (en mi pueblo cualquier docente, ya trabaje en una guardería o en la Universidad es maestro), ¿puedes venir?
—Cómo no.
—¿Qué es la evaluación continua?— me pregunta, así, a bocajarro.
—Pues, ehhh...—balbuceo.
—¿Para qué lo quieres saber?— el viejo truco para ganar tiempo.
—Me ha dicho la maestra de (...) que he perdido el derecho a evaluación continua por mis faltas de asistencia (la alumna en cuestión cursa el Bachillerato). ¿Significa eso que estoy suspensa?
—Acabáramos— pensé con alivio. Es sólo el miedo al suspenso, sin ningún interés pedagógico. 
La evaluación continua consiste —continué, ya relajado— en evaluar todo el proceso de enseñanza y aprendizaje, no sólo el final, con un examen. Es decir, no significa estar poniendo exámenes continuamente. Eso sería hacer muchas evaluaciones, no evaluación continua. La idea es que cada actividad que se desarrolla se evalúa para determinar si llevamos la dirección correcta y si hay que mejorar ese proceso, bien para todos o para algunos. Además se valoran aspectos que no se pueden medir con un examen, normalmente a través de la observación diaria y de otros instrumentos, como entrevistas o diarios.
En definitiva, su objetivo no es calificar, sino orientar, mejorar.
Así que la pérdida del derecho a evaluación continua significa que sólo se tendrá en cuenta en tu nota el examen o exámenes que realices.
En el mismo momento en el que terminaba de decir esto, me di cuenta de lo que iba a suceder a continuación. Deseé entonces que pasara por allí el Conejo Blanco de Alicia en el País de las Maravillas que, a pesar de andar todo el día de acá para allá perdiendo el tiempo, no deja de asegurar que no lo tiene (¡No tengo tiempo!, ¡no tengo tiempo!), porque sólo él podría responder la pregunta que se me venía encima.
—Pero nadie hace eso, evaluación continua, en Bachillerato, ¿cómo voy a perder entonces algo que no tengo?
Me quedé confuso.



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