El maestro deprimido

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"El juego de las culpas era demasiado fácil, decía. Resultaba patético y despreciable."
David Foster Wallace, "La persona deprimida".

—A esa pregunta no sé bien qué contestar —dijo el maestro—. Debería pensar en mi asignatura y sus contenidos, pero lo cierto es que lo que enseño no se limita a lo que aparece en la legislación. Es más, me atrevería a decir que la mayor parte de lo que enseño lo hago tácitamente, sin ser consciente, y además no está recogido en ninguna normativa. Simplemente se hace y punto. Es quizá esto lo que me genera más frustración y ansiedad. Debo enseñar unos contenidos para alcanzar unos objetivos, sin embargo dedico la mayor parte de mi tiempo a transmitir al alumnado mi propia confusión, a enseñar la dependencia emocional e intelectual, a demostrarles que no son de fiar y que, hagan lo que hagan, siempre estarán vigilados. Cosas por el estilo. No sé si me entiende, doctora. Y eso no es todo, el propio curriculum incurre en contradicciones que me llevan a mayores cotas de confusión y —me atreveré a decirlo— disociación. Disculpe que utilice términos de su campo, ya sé que no soy psicólogo. Por un lado nos animan, casi nos obligan, a utilizar metodologías innovadoras, participativas, cooperativas, nos exhortan a enseñar a resolver situaciones problemáticas en las que el conocimiento adquirido pueda ser aplicado, nos empujan a bajar del pedestal académico, a convertirnos en acompañantes de nuestro alumnado en su construcción del conocimiento, nos piden dejar de transmitir datos sin más, lo cual es lógico desde el punto de vista pedagógico. Pero —fíjese bien en la contradicción— nos avisan de que después el alumnado deberá pasar por sucesivos exámenes eliminatorios. En esas pruebas deberá demostrar lo aprendido, pero es evidente que lo que se aprende con las metodologías sugeridas no se puede demostrar en un examen. Descorazonador. Desde hace un tiempo tengo síntomas de depresión. Disculpe de nuevo el intrusismo, sé que no puedo hacer un diagnóstico profesional en un campo que no es el mío.

La psiquiatra juntó sus dedos en forma de ovillo, era su forma de concentrarse. Aquel gesto molestaba al maestro deprimido sin que supiera decir por qué.
—¿Qué hay de su Red de Apoyo Personal?— preguntó la doctora. Le dije que acudiese a un grupo de profesionales, compañeros suyos, que le ayudasen a solucionar esas contradicciones.
Era una mujer joven, compasiva. Sus maneras agradables irritaban al maestro.
—Los miembros de mi Red de Apoyo Personal están hartos de mis lloriqueos, de mis escrúpulos. Creo que muchos han caído en el cinismo. Su condescendencia, su paternalismo y —a veces— su cruda manera de mostrar desprecio por su trabajo me deprimen aún más. Si es que estoy deprimido. Dígamelo usted. La sensación de molestar a los demás me hace encerrarme más en mi mismo y sentirme aún más perdido. Lo cierto es que no sé cómo solucionar las contradicciones a las que —a diario— me enfrento por el simple hecho de dedicarme a la enseñanza.
—Vamos, no sea usted tan pesimista.
El compromiso al que el maestro deprimido y su psiquiatra habían llegado mientras desenterraban las contradicciones de la profesión docente era que el maestro abandonase el "juego de las culpas" y se refugiase en su Red de Apoyo Profesional para comunicar sus sentimientos, al menos al núcleo de esa Red de Apoyo, esas dos o tres personas que podrían escucharlo sin juzgarlo y tratar de animarlo.
—Yo preferiría el uso del adjetivo "patético"—respondió el maestro.
En aquel momento de la relación terapéutica, la doctora expresó su convicción de que los síntomas depresivos del maestro eran un mecanismo de defensa emocional ante las contradicciones que tan insoportables le resultaban.
—El único viaje hacia la curación— afirmó la psiquiatra —consiste en la superación de las contradicciones mediante el abandono del narcisismo enfermizo y la queja constante. —Actúe— le dijo. Las contradicciones son tan solo aparentes.

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Imagen: Foldvari


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